Lágrimas para Leo

enero 4, 2009

Todos los días a la misma hora, pedía un mokaccino y un club house sin queso con extra de ketchup.

—¿Siempre tiene esa cara? —preguntó la mesonera nueva

—Mira ¡no seas metiche! ¡Cállate y haz los toddys! —respondió Clarabella sujetándola del brazo.

—¡Estoy harta de hacer toddys!

—¡¿Cómo?!

—¡Que sí chica! ¡Me enferma el chocolate en polvo! —reclamó vaciando una lata de toddy en la barra.

Clarabella inspiró profundamente. Parecía que su cuerpo bombeaba toda la sangre a su cabeza.

—¡Te vas de aquí, chichera!

—¡Bueno, al cabo que todo este sitio huele a jugo de lechosa!

La muchacha se fue del sitio mientras que Clara le lanzaba puñetazos de toddy y gritaba molesta. Regresó a la cocina y sacó un emparedado de la plancha. Los sirvió en un plato y se lo entrego a un caballero que estaba sentado en la barra, digiriendo toda la escena muy disimuladamente.

—Disculpe Sr. Leo, creo que se le quemó el club house.

Leo observó el pan quemado con decepción, pero se resignó a comérselo

—Tranquila, que me lo como igual.

Tomó la comida y le dio un gran mordisco. Leo tenía la sospecha que el sabor achocolatado en el ambiente había alcanzado el pan.

Clarabella limpiaba el desastre.

—Es la última vez que le doy trabajo a alguien tan joven.

—Gracias a Dios que estás armada con Toddy — respondió Leo.

Clarabella sonrió.

Volteo para decirle algo, pero se quedó hipnotizada viéndolo comer. Por un segundo Clarabella juró haber imaginado que Leo habló. Tan solo masticaba, con la mirada fija en el plato. Silencioso, no invisible, porque de alguna manera u otra siempre se hacía notar. Tal vez por lo enigmático que resultaba su ausentismo o por su cabello desproporcionadamente estático, era simplemente…extraño.

No siempre fue así. En algún momento se empezó a rodear de gente y lugares que el jamas hubiese imaginado en su vida. Su padre era un farmaceuta tradicional que al verse desplazado por las grandes franquicias, se dedicó a la preparación ilegal y hogareña de remedios terapéuticos que lamentablemente degeneraron en un peligroso mercado de drogas. Su madre era pianista, de las mejores, pero padecía de una rara patología que la hacía huir constantemente de los lugares calientes. Esta extraña conducta la proyectaba en su hijo, al que difícilmente le dejaba tomar sol.

A pesar de esto, eran padres muy amorosos y complacientes en lo demás. En una de sus escapadas en busca de un poco de sol y antes de recibir su primer automóvil, Leo escapó al zoológico. Allí conoció al que seria su mejor amigo: Auxiliador Hidalgo.

Auxiliador comenzó trabajando en el zoo como el encargado de alimentar a las morsas del estanque número tres. En unos años se convirtió en el cuidador en jefe de las morsas. Las conocía a cada una muy bien y las llamaba por su nombre.

– Pero sin duda alguna, Leonardo es el más morsa de todos –pensaba cuando recordaba a su amigo.

Leo visitaba a Auxiliador en ciertos días, sin avisar, y le acompañaba a cuidar a los animales.

– ¿Como está el trabajo?

– Mal, como siempre.

– Exageras -contestó mientras una ballena se alzaba por encima del agua y le arrebataba un pez de la mano.

– Que no, que no. Nadie quiere comprar estas cosas. Sólo vendí un miserable par de lentes hace una semana.

– Haz algo distinto. Es que Leo…¡a ti te gustaba pintar!

– Todavía pinto.

– Mentira. Ni pintas ni nada -se volteó hacia Leo- ¿Quieres ir a La Cueva esta noche a tomar algo?

– No realmente.

Auxiliador volteó los ojos y le acercó un pescado a la cara.

– ¿Qué haces? – reclamó apartándolo de la cara

– Estas son las sobras que dejaron las morsas Leo, Pinochet no tenía mucho apetito hoy. Yo no estoy encargado de alimentar las ballenas. Pero…

Lanzó el pescado al agua y en unos segundos ya la ballena había ido por él

– Si la vida te da pescado…

Leo encojió los hombros y caminó a la salida. «Te lo acabas de inventar y no tiene nada que ver ». Auxiliador volvió a lo suyo, pensando en sí valía la pena seguir invitando a Leonardo a salir o debía intentar algo distinto.

La prima de Leo cumplía años ese mismo día, y lo celebraría en la noche en su apartamento escondido en algún rincón burgués de las montañas de la ciudad. No le apetecía mucho ir pero deseaba menos tener que soportar los quejidos de su tía.

Se presento a las 10 de la noche y fue recibido por casi toda su familia que se extrañaba de verlo ahí. Leo sintió que alguien lo observaba desde lejos. Era Clarabella, sentada en un sofa alejado de la gente, con un vaso de whisky en sus manos posado timidamente sobre sus rodillas. Leonardo le sonrió.

—Sr. Leo, qué bien vestido se le ve.

—Es el estilo Clark Gable —bromeaba.

—Su bigote parece más el estilo Cantinflas —comentó entre risas.

Leo se sonrojó y sentó a su lado. Debía verse peor de lo que pensaba.

—¿Eres amiga de Karla?

—No, no, no. Vengo con una amiga de ella, aquella, la de las mechas azules.

—Ah, está bien.

—¿Y usted Sr. Leo?

—Karla es mi prima. Vengo a pasar un rato –bajó la mirada hacia el suelo–. No pienso quedarme mucho tiempo.

—Ya… ¿Cómo se gana la vida?

—Trabajo casi por mi cuenta. Vendo productos poco convencionales para dilemas cotidianos.

—¿Cómo así?

—Cosas inútiles —explico riéndose y Clara soltó una carcajada—. Me gusta mi trabajo, pero seria mejor si realmente vendiera algo.

—Entonces ¿cómo se gana la vida realmente?

—De momento, consumiendo mis ahorros. Solía trabajar en una transnacional, pero me aburrí del tema.

Un hombre borracho de aspecto lamentable se acercó a los dos. Leo lo reconoció inmediatamente, era su primo Eugenio, el hermano de Karla.

—¡Leo! ¡Qué milagro verte por aquí!

Leo se mantuvo callado.

—¿Ya no quieres a tu familia Leo? —preguntó colocándole un brazo alrededor y empujándolo hacia Clara.

—¡Coño! ¡Ten más cuidado Eugenio! No hables tonterías, claro que los quiero, no he tenido tiempo y ya. —se quitó el brazo de encima.

—¡Qué mierda! ¡Pasas mucho tiempo solo Leonardo! ¡Antes no había fiesta sin nosotros!

—Ya está Eugenio —afirmó dándole un empujón—. Echa pa’ alla.

Clarabella le ofreció su vaso a Leonardo. Él lo agarró sin decir nada y tomó un gran sorbo.

—No se la lleva muy bien con su familia.

—No es eso, es que me cansan un poco.

Los dos permanecieron callados por unos segundos. Clarabella miró la hora y recordó algo, Leo la miró esperando que explicara.

—…tengo que ir al café. Si quiere, me puede acompañar y hablamos un rato alla. Le invito otro trago.

Leo no supo que contestar.

—Disculpeme Sr. Leo… —se excusó avergonzada levantandose.

—…¡no, no! Claro que me gustaría ir. Te acompaño.

Leo prefirió huir despidiéndose sólo de su prima. En unos 20 minutos estaban frente al café. Clarabella abrió la puerta le invito a pasar y la cerró desde adentro por seguridad. «Ya vengo, voy a buscar algo que dejé aquí».

—¡Tiene algo de tiempo que no se pasa por acá! —le gritó Clara desde la parte trasera del café—. ¡Desde el incidente del Toddy!

—¡Lo sé! ¡Pero no pienses que es por eso!

—¡Sólo digo! ¡Es que como nunca faltaba!

— Si… —murmuró.

—¡Listo!

A los pocos segundos, Clarabella salió con unos lentes negros inmensos de cristales color ambar que parecían cubrirle casi toda la cara. Se mordía los labios emocionada y Leonardo la veía boquiabierta.

—¡Son mis lentes! ¡Mis lentes!

—¡Sí, sí! ¡Se los compré la semana pasada!

—¡Claro, es lo único que he vendido estas dos semanas. Pero no sabía que fue a ti!

—Sí. Para ver las manchas que no se pueden ver normalmente.

—¡Ajá! —se levantó del banco— ¿Y funcionan bien?

—No mucho… —respondió Clarabella quitandoselos— No funcionan para nada de hecho.

—Qué pena.. te puedo devolver el dinero.

—¡No porfavor! ¡Quería sorprenderle!

—¡Lo has hecho! Pensé que no sabías en que trabajaba.

—Le pregunté de que vivía, porque me imaginé que no podía ser de esto. Pero ya usted me ha contado en varias oportunidades de su trabajo.

—¿En serio?

—Sí, de como le iba mal, me dio su teléfono y todo por si necesitaba algo. Cuando empezó en el negocio estaba mucho más entusiasmado.

— Lo sé… —contestó sentándose otra vez

—Voy a hacernos café —dijo Clara colocando los lentes sobre la barra.

Leo se mantuvo callado. Clara encendió la maquina, destapo una bolsa de café en granos y colocó un poco en el dispensador. Mientras buscaba un par de tazas le miraba de reojo. Parecía más triste de lo normal.

—¿Le puedo decir algo?

—Claro, lo que quieras.

—Vamos…¿lo que sea?

—Sí mujer, que más da. No podría ser más extraño mi día.

—Porque la empleada de la fuente de soda le ha buscado…

—No es por eso…

—….pero también soy la mujer que le ha hecho el café casi todos los días.Yo quisiera que me oyera. Que supiera que yo le oigo, no solo le oigo, le escucho. Yo no puedo saber como se siente Sr. Leo, nadie puede saberlo, pero sé que no está feliz. No porque esté callado, sino porque lo siento desanimado todo el tiempo —colocó dos tazas en la máquina y la encendió—. Y me pregunto si alguien se ha molestado en preguntarle como está. No el día de hoy, ni ayer…sino en general, cómo se siente.

«Yo se lo pregunto aunque no lo vaya a saber. Quiero que sepa…sepas, que siempre puedes contar conmigo si lo deseas. Sé que todo está cambiando, que son tiempos difíciles y que la gente no ayuda, que cuando se preocupan suelen cagarla, pero yo caminaré contigo si lo necesitas. Te quiero, y aunque no te recuerdes de mi, te seguiré haciendo el café todas las mañanas.

Clarabella colocó las dos tazas de café en la barra, temblando nerviosamente. Leo colocó su mano encima de la de ella y la apretó. Clara levanto la mirada y se encontró con los ojos empapados de Leonardo y una sonrisa amplia que sostenía entre sollozos.

Ella le respondió con la humedad en sus propios ojos.

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