El último sueño del dictador

noviembre 9, 2008

celia-225Se despertó con con el bullicio de un público, con los aplausos de la gente y los sonidos de expectativa. Abrió los ojos y estaba parado en un largo pasillo, que finalizaba en unas escaleras de un lado y a una salida al exterior del otro. En esa salida pudo distinguir unas manos y detalló que el sitió estaba bastante iluminado, definitivamente afuera había una audiencia esperando algo…¿a él tal vez?


Estaba parado al lado de una puerta entreabierta, pero no tenía idea de como había llegado ahí. Sea asomó cuidadosamente. Sentada en una silla estaba una mujer de color, con un gran moño en la cabeza, unos enormes pendientes dorados que parecían una lluvia de grandes lágrimas doradas y lucía un apretado vestido plateado en el torso, pero colorido en los brazos y en la extravagante cola de un par de metros. La mujer le resultaba familiar, se maquillaba con apuro pero él no la lograba identificar de espaldas, el personaje había capturado su atención y ahora esperaba ansiosamente a que se levantara, se había convertido en parte del público.
Comenzó el sonido de los cueros, la mujer se exaltó y tiró la pintura de labio a un lado. Tomó rápidamente unas zandalias doradas y se las colocó. Se contoneaba al ritmo de los tambores, y él mismo se sentía afectado por la música, pero sentía una atracción extraña y formidable por la extravagante mujer. Creía conocerla, pero ¿cómo no podría reconocer él a aquella negra tan aclamada?
Se levanta, y aún de espaldas, se desplaza al ritmo de la música. Sus pies gozan casi separados del resto de su cuerpo. Una voz lo sorprende, alguien que pareciera que hablara por un parlante desde afuera pero al mismo tiempo, de todos lados anuncia:

– Madame Celia Cruz, s’il vous plaît!

Empalidece. Las piernas le temblaron. De repente la tenia frente a él, asomada por la apertura de la puerta, sus ojos se encontraron, y ella exclamaba -Quimbara cumbara cumba quim bam ba, quimbara cumbara cumba quim bam ba!

¿Cómo era posible? La maldita Celia lucía como en los tiempos de la pollera. Él se había quedado inmóvil, no podía apartar la vista de su mirada inquisidora pero deseaba desaparecerla en ese momento. EEee Mamá! Eee Mamá! –siguió Celia.

Con la entrada de las trompetas. se encontró en la tarima, frente a miles, millones de personas, bajo la luz encandilante de los reflectores. Estaba genuinamente asustado y confundido. Donde sea que estuviese, no era Cuba. Era un estadio enorme, con una capacidad que nunca podría adivinar. El público gritaba desaforadamente. La confusión se transformó en frustración, que luego mutó en ira. La sangre le empezaba a hervir cuando divisó a la Guarachera elevandose en aire, desde el centro de la audiencia, de espaldas a él. No podía comprender lo que veía. Dos metros, subía, tres, cuatro, cinco, seis, diez. Flotaba con gracia y sus caderas y hombros patinaban con la voz de los trompetistas.
En un segundo se había vuelto hacia la a tarima desde el aire, como si le dedicara a él las siguientes palabras que recitó:

“La rumba me está llamando 
bongo, dile que ya voy 
que se espere un momentico 
mientras canto un guaguancó 

Dile que no es un desprecio, 
pues vive en mi corazón 
mi vida es tan sólo eso, 
rumba buena y guaguancó!”

Los brazos se alzaban tratando de alcanzarla, ¿o trataban de alcanzarlo a él?. Se escapó del hechizo de la bruja salsera, y volteó a un lado en busca del pasillo pero solo había un muro de concreto, estaba atrapado. Al voltear al otro lado, se consiguió que Celia estaba encima de la tarima. Se acercaba a él desde el otro extremo, profetizando el Quimbara. 
Le gritaba que no se acercara, que le iba a volar la maldita cabeza y la haría encerrar y esta vez no la dejaría salir más nunca. Pero era inútil, se había quedado mudo. 
Sentía la risa de la Reina retumbándole en la cabeza y se sintió aturdido por el bullicio de la gente. La negra no paraba de cantar, pero notó que envejecía con cada paso, se hacia mayor, más vieja.
Trató de alcanzar su arma, pero no estaba en ningún lugar de sus pantalones ¡imposible!. Celia lo señaló con la larguísima uña roja del indice y le mostró los dientes, burlándose de su debilidad. El moño empezó a tomar colores y formas distintas, pero se volvía progresivamente mas grande, parecía una selva gigantesca que se lo tragaría en cualquier momento y el cuerpo envejecido de Celia se veía cada vez más diminuto ante esa jungla. 
Los personas aclamaban su carne, su sangre…: ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!
No intentó retroceder, se arrodilló de una buena vez. Las risas de Celia junto con las llamadas a Teresa y a Juanito para bailar bordaban en lo insoportable. “¡Te suplicó disculpas!” pensaba con los ojos cerrados y las manos en las orejas “¡Te devuelvo tu isla, tu salsa, les devuelvo su isla, no la quiero, no tiene sentido ya!” quería poder gritar. Por más que apretara los párpados no podía dejar de verla. Ya el pellejo le colgaba, y la enorme peluca fucsia debía medir unos 6 metros de alto. La tenía cási en frente, a punto de devorarlo. Los músicos improvisaban con energía y las manos de la gente se asomaban por el borde de la tarima. “¿Treinta, cuarenta, cincuenta años, no? ¡Te los devuelvo! ¡Perdóname, que no valen nada ya, te los regalo, perdóname!” ¡Quimbara! ¡Quimbara! ¡Quimbara! -grítaba Celia con cada pisada, y el piso retumbaba, su voz era como un eco enorme que se hacía sentir en todos lados y las paredes se quebraban. 
Se levantó de nuevo y junto sus manos, suplicando piedad a Celia. Trataba de mirarla a los ojos, pero ella bailaba sin piedad, lo castigaba con una rabia guaguancada y una sonrisa despiadada.
Con un tumbao formidable, Celia dio una vuelta, sin que la gigantesca peluca se cayera y con la palma de las manos frente a su barbilla grito: ¡AZÚCAR!. 
Infló los cachetes con fuerza, y sopló un polvo que le fue a parar en la cara. Deseaba poder gritar de dolor, lo sentía como un acido corrosivo que le quemaba la piel, le atravesaba los huesos, le perforaba el alma. Las trompetas anunciaban que la función estaba terminando. 
El se tiro en el suelo a dar vueltas, a vomitar la tortura insoportable. Cruz bailaba a su alredor, riendo. Todo se fue volviendo obscuro, pero el sonido continuaba. Sintió las largas uñas de la Guarachera en sus hombros, clavandose en su piel. Tranquilo negro, que ya vienes tú pa’ aca -le murmuró al oído.

Fidel se despertó en su cama, sudando, con la respiración acelerada. Sintió la vejez de nuevo encima, y se echó sobre la almohada tratando de recuperar el aliento, con la vista clavada en el techo.

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