Zoo: Napandú

octubre 12, 2008

Hace algunos meses, escuchaba uno de estos chistes criollos de monos morbosos, burros ingenuos y leones hambrientos cuando se me ocurrió una idea para una historia. Esos momentos de iluminación son muy importantes en mi vida, porque a veces padezco de largos bloqueos mentales en los que me vuelvo un creativo cretino.
En ese momento estaba rodeado de amigos y familia. Los observaba a todos muertos de la risa e inmersos en este mundo donde un mono hablaba y humillaba a un tigre desde la copa de un árbol. 
Reflexioné acerca de lo maravilloso que eran los animales para crear cuentos infantiles, porque podemos atribuirle a cada especie una cualidad humana que se asemeje a su conducta, a su estilo, a su apariencia. Y luego me pregunté… ¿pero porqué siempre tienen que ser cuentos infantiles? ¿Es que acaso no seria maravillosa una novela seria, cruda, de un “realismo” social desgarrador, protagonizada por animales? Bueno, no sería nada nuevo, Rebelión en la granja de George Orwell es un excelente ejemplo, pero me propuse a llevar la idea de humanos hechos animales un paso más allá, sacándolos de esa granja e introduciéndolos en nuestro mundo.
Así comencé a escribir lo que algún día espero sea una novela completa: Zoo. Llevé un extracto de un capítulo a la universidad, para compartirlo con en una clase de escritura libre. Como el internet abre las puertas a un mundo libre, hoy quiero compartir ese mismo capítulo con ustedes. Es mi intención compartir este libro digitalmente cuando lo termine, así que es lo más lógico elegir este medio para leer sus comentarios.

Zoo – Napandú

Las ratas son animales muy subestimados, especialmente en cuanto a su inteligencia. Es cierto, su presencia y carisma pueden parecer algo convencionales en un primer encuentro, pero en una segunda o tercera oportunidad sorprenden con su audacia.

Javier Napandú es la primera rata en lanzarse a la presidencia del país y ha sorprendido con sus políticas pacifistas. Hasta ahora su candidatura ha sido bastante exitosa, específicamente por la campaña en pro de la integración social de las cucarachas. 

Napandú es joven y apuesto. Sus bigotes son finos pero firmes con un pelaje que brilla bajo las luces del podio, y sus orejas son un poco más puntiagudas de lo normal. Además, tiene algo en particular que vuelve locas a las jovencitas: el impresionante control de su cola. Napandú puede estar en el medio de un discurso, con un vaso de agua en la pata y aún así arrebatarle un afiche a alguien detrás de él; lo hizo en su célebre discurso el mes pasado frente a la torre Léxicon, cuando unos ratones enfurecidos levantaron consignas en favor del aislamiento de Ziggy, la cucaracha que decidió vivir en un barrio poblado principalmente por roedores.

Hoy tengo una cita con el Sr. Napandú, y no es de negocios. La rata resultó ser un viejo amigo de mi hermana, y pienso que merece saber que ella está enferma y le gustaría verlo una última vez.

Frente a la gigantesca puerta de la quinta, toco el timbre. Al poco tiempo, se asoma una señora rata por un costado 

—¿Sí? —pregunta discretamente.
—Muy buenas tardes, soy Pit. Tengo…
—¡Ah, claro! —me reconoce y abre la puerta— pase adelante, el Sr. Napandú lo espera en la sala.
—Gracias —contesto con una sonrisa.

Entro y me asombro de la arquitectura interior. Javier tiene muy buen gusto. La entrada es clásica, con dos largas escaleras curvas que se consiguen en los extremos al final de la sala. 

Hay tres esculturas recias de guerreros elefantes en la habitación y se ven maravillosas bajo la luz tenue de los candelabros. Un espejo gigantesco cuelga del muro izquierdo de la entrada y en él se ve claramente el reflejo de la sala contigua. La sensación del terciopelo en mis patas es exquisita, todo grita clase en el lugar.

— ¡Sr. Pit! ¡Por acá! —protesta la rata que me recibió.

Me volteo rapidamente; me averguenza caer en cuenta de que tenía un ojo en una esquina y el otro en las estatuas.

Al entrar a la sala, veo en persona a Napandú sentado en un sofá, quien levanta la mirada hacia mí. 

—Eres idéntico a Theo —me dice evidentemente emocionado.
—Hola Sr. Napandú, mucho gusto —levanto la pata.
—Por favor, Javier solamente—me da su pata—. Siéntate, Pit.
—Gracias —respondo y tomo asiento.
—Disculpa que haya sido tan complicado nuestro encuentro. Últimamente no tengo previsto nada de lo que ocurre en mi vida.
—Entiendo —realmente lo imaginaba, parecía un animal muy ocupado—. No se preocupe.
—¿Cómo está Theodora, Pit? —Pregunta mientras acaricia su brazo izquierdo con la pata derecha.

Hasta ahora, he tenido una expresión muy cortés en mi rostro. Hasta ahora, Napandú parecía seguro aunque algo inquieto. Su sonrisa se va desdibujando lentamente y fija su mirada inquieta sobre la mía.

—Estás azul ¿que pasó? —musitó.
—Theo…—dudo por unos segundos—está muy enferma.

La rata clava la pata izquierda en un costado del sofá y soba con más velocidad su extremidad. Frunce el ceño.

—No le queda mucho tiempo. Probablemente uno o dos días, y quiere verle.

Javier se levanta del sofá y empieza a caminar con pasos lentos alrededor de la sala. Se rasca la barbilla, cabizbajo, como si tratara de extraer la solución del suelo. 

—No es algo que ella me ha dicho explícitamente, pero lo menciona mucho y creo que eso la tiene algo angustiada. Si no puede visitarla lo entiendo, no es el mejor momento en su vida para recibir esta noticia. 

No recibo ninguna respuesta. Ahora se encuentra de espaldas a mí, frente a un estante gigantesco de libros. Sus manos se cruzan debajo de su cola y esta empieza a hacer unos movimientos repentinos, como pequeños espasmos que se alzan y luego descienden lentamente.

—Es mejor que me vaya—sugiero y me coloco de pie—. Nada más quería decirle esto, la verdad es que estoy un poco apresurado y… 

Realmente lo que sucede es que me incomodó su reacción y quiero largarme del sitio

—Hmm…muchas gracias, Javier. 

Camino hacia la salida tratando de evitar mirarlo directamente y levanto la cabeza en la entrada de la biblioteca donde estamos. No obstante, por mi posición, no pude evitar verlo en el reflejo del enorme espejo del recibidor. Tengo la capacidad de destruir a las personas con intercambiar unas pocas palabras en pocos segundos y, en los peores casos, con solo entrar. Esta noche, me voy dejando a un Javier distinto al de unos segundos atrás. Su destreza con la cola es la misma, pero esta vez no la usa para arrebatar pancartas por la libertad ni para separar peleas en nombre de la paz. Queda convertida en un pañuelo para secarse el dolor de perder a mi hermana. 

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